Semana del Libro

En un lugar de La Laguna, de cuyo nombre jamás podré olvidarme, ha apenas unos días unos chicos -de los de móvil y redes sociales, pero también de los que leen y se sienten conminados a pensar- vivieron durante una semana una experiencia tan poco frecuente como enriquecedora: celebraron que las Letras siguen vivas, se adentraron, cual Quijote, en tierras inhóspitas y lejanas y con su lanza enhebraron aventuras, desatinos y quimeras; descubrieron de la mano de Roberto Mendoza, un “lunático de los cuentos”, que la cultura canaria y nuestros ancestros arrancan del corazón notas de nostalgia, cuando se transmite con pasión, y que la oralidad, tan longeva como el ser humano, no sólo da vida a historias sino a sentimientos dormidos en el alma de todos. ¡Cuántas gestas de caballeros en tierras remotas, de princesas presas en su torre de marfil, pero también de gentes cercanas y actuales: cualquiera puede ser protagonista de un cuento! Y en un mundo que nos roba, por inmediato y pragmático, la capacidad de soñar ¡qué falta nos hace bucear en un mar de sensaciones y buscar refugio en las palabras! Nuestro cuentacuentos despertó en los alumnos todo un mundo de emociones con historias bien narradas y, sobre todo, bien sentidas, pero más allá de eso consiguió despertar ese niño que todos llevamos dentro y que ojalá jamás desaparezca. Decía Saint Exupéry: “todas las personas mayores fueron en principio niños, aunque pocas de ellas lo recuerden”.

Otro de estos fantásticos días, los alumnos, imbuidos ya en este ambiente de celebración, comprendieron cómo los poetas canarios han tenido que silenciar sus voces a expensas de conservar sus vidas, cuando el régimen político les cercenaba el impulso de pensar, de opinar y de sentir. Aun así, muchos de ellos -Pedro García Cabrera y la propia Cecilia Domínguez- no dejaron de dar vida a sus palabras y de denunciar la falta de libertad más grande que puede atenazar a un hombre: la de pensamiento. Nuestra poetisa vino e impregnó sus palabras de belleza, de cruda realidad y dejó constancia de lo relevantes que han sido las letras canarias en el ámbito de la cultura y de la sociedad. Escucharla a ella se traduce en una lección magistral de vida: cómo debemos sobreponernos a las exigencias de los “ignorantes” y ser capaces de transmitir nuestra voz en las Islas con orgullo, ya que nuestra idiosincrasia no nos hace diferentes sino especiales.

Por último, el cine se hizo cómplice de nuestra particular fiesta y los alumnos aprendieron con La ladrona de libros que la cultura y la humanidad sufrió una devastadora prueba en plena Alemania nazi y vivieron con honda emoción la historia de una niña con un espíritu libre, ansiosa por conocer y comprender su realidad más inmediata, náufraga entre las páginas de un libro. Además, el más atemporal de todos los tópicos literarios cobró vida en Todo Todo: un amor poderoso y sin límites envuelve a los personajes en una hermosa oda a la esperanza y a las ganas de vivir. ¿Es cierto que el amor lo puede todo? El amor por los libros y por el aprendizaje nos transporta a un mundo rico, de realidades jamás presentidas y, sin embargo, anheladas; es comprender que, si queremos, no sólo se hace camino al andar: las palabras escritas preservan del olvido a quien las creó y forman estelas en el recuerdo del lector, un hermoso camino indeleble; descubrir que la juventud es un divino tesoro, sí, pero no tiene por qué irse si anida en nuestro interior el amor al conocimiento: éste nos hará eternos.

Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora”. Proverbio hindú.

Clara Suárez Abreu

mayo 3, 2019